domingo, 10 de enero de 2010 ~ 00:52 0 Comments

- ¿Por un ángel? – interrumpió su historia asombrada. Por lo que había comentado la ninfa sobre aquella mujer desconocida, parecía más bien un demonio o algo por el estilo. – ¿Cómo puede ser que el origen de la brujería tenga que ver con los ángeles? – preguntó Ann queriendo impregnarse de todo aquel conocimiento. Entonces, sin hacer mayor caso a su intervención, la ninfa prosiguió, respondiendo la inquietud de la mortal.

Aradia nació del vientre de Diana, quien descendió a la Tierra en busca de su amado hermano Lucifer, luego que este fue expulsado del paraíso, lugar en el que todos los seres divinos habitan…allí esta mi madre, esta tu dios, el de los reinos de oriente, de las frías tierras del norte, los del mar verde del centro de este continente…en aquel lugar todos tienen un lugar. Fue Diana quien engañó al pobre de Lucifer, y de su unión nació el alba y del amor nació Aradia, quien fue enviada a la Tierra para ayudar a los hombres que rendían vasallaje a otros, para que supiesen arruinar sus cosechas, matar a sus animales, y arruinar sus feudos…Diana enseñó a su hija a usar la magia, para que esta cumpliera la misión que le encomendó. Ahora Aradia es algo así como el nexo entre lo celestial y lo terrenal, ya que no pertenece a este mundo, pero ya tampoco corresponde al otro…y por elección propia ha decidido ser un ser errante, como somos todas aquellas criaturas que no somos aceptadas en el Olimpo, a pesar de poseer una naturaleza sobrehumana. Todos nosotros, o la gran mayoría, estamos aquí por capricho de los dioses, que nos han encadenado hasta el fin de los tiempos a cumplir la misión que cada uno de ellos ha creado para nosotros, los olímpicos.

Fuimos sus huéspedes por largas primaveras, hasta que un día decidimos regresar a nuestras tierras, que se encuentran al sur de aquellos místicos bosques, en los que los días son cálidos y el mar choca constantemente contra los altos e impenetrables acantilados…Grecia, Macedonia, Montenegro…todos ellos son mi hogar. Cada noche allí es fiesta, en la que todos danzan alrededor de la gran fogata mientras se entonan los antiguos cánticos en honor a los dioses.

Algunas gotas de emoción se colaban en sus ojos, plasmándose su voz, que al recordar sus tierras natales, se llenaban de añoranza; seguro que hace mucho que no pisaba aquellos lugares.

- ¿Quiénes iban a aquellas fiestas? – pregunto la niña imaginándose a fantásticas criaturas entonando el Sabbat en la profundidad de la noche, ocultos de todas las miradas inescrupulosas de las estrechas mentes de los mortales.

- Por lo general son los espíritus de los bosques los que llevaban a cabo aquellas veladas, cuando alguna de nosotras aparecía en los alrededores de las moradas…todo ser olímpico representa el vinculo entre la tierra y mundo de nuestros padres…y toda criatura inferior tiene la necesidad natural de querer rendir homenaje a sus creadores…es algo que no se puede explicar, se da en ustedes, se da en ellos…cada quien rinde culto a la deidad que le ha dado origen, menos los olímpicos, que estamos mas cerca de ellos y somos los hijos que han de cuidar y guiar a sus creaciones inferiores… - la ninfa explicaba a la mortal aquello que a sus ojos era tan simple, pero que ante la pequeña y joven mente de la niña, era algo que sonaba parte de un libro de filosofía. – en mi tierra natal, las criaturas que habitan en los lugares escondidos de los humanos suelen ser faunos, hadas y todas esas cosas que relata la mitología clásica…la mayoría son reales, aunque obviamente no son exactamente como se les pinta; el hombre suele exagerar algunas cosas…acaso yo me veo como un árbol? – rió.

- Pues no precisamente, aunque en tus rasgos puedo reconocer cosas que no son tan humanas…- reconoció Ann. Clío le miro con curiosidad. ¿Qué seria aquello que no parecía normal en ella? – Por ejemplo, a veces, tu cabello me parece que se mezcla con la tierra…como si saliese de esta… - agrego reconociendo la expresión de la ninfa. –Parece tan suave…tan lleno de vida… - susurro alargando una mano, queriendo tocarlo, sin saber muy bien lo que estaba haciendo, como si estuviese en un trance.

La ninfa sonrió dulcemente, como una madre mira a su bebe cuando este hace sus primeros ruidos en un intento de comunicación. Tomó suavemente su mano. Para sorpresa de Ann, esta estaba apenas tibia, como que su corazón apenas bombeara sangre.

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